miércoles, 24 de noviembre de 2010

Elogio de la lentitud

¿Cuándo fue que perdí la paciencia? ¿Cuándo dejé de tolerar el presente, por andar imaginando caminos que se bifurcan en mil direcciones? Ahora resulta que todo me parece una pérdida de tiempo: tengo que regar las plantas y, apenas empiezo, ya estoy pensando en cuándo termino (qué cantidad de plantas tiene mi vieja, para qué cuernos sirven todas estas plantas, a esas de allá arriba no las pienso regar). Salgo del trabajo y parece cuestión de vida o muerte andar a las corridas hasta el subte y subir en el vagón que me deja exactamente frente a la salida más próxima a mi destino. Todas las filas me molestan, los semáforos me exasperan. Y yo me pregunto ¿para qué estoy reservando todo este tiempo?, ¿qué cosa más trascendental se supone que tendría que estar haciendo? Salvar al mundo, derrotar a los 7 malvados ex's de Ramona Flores? Basta, mil veces basta. Voy a calentar mi comida en el microondas y prometo esperar a que termine el proceso y suene el reloj. Lo prometo.

martes, 16 de noviembre de 2010

Corre, Nina, corre

Ay ay ay, en días como hoy me pregunto si podré tolerar esto por mucho más tiempo: las reuniones inútiles, las discusiones sobre el punto o la coma, las máscaras.
¿Qué estoy haciendo acá? Ah, cierto, pagando las expensas, las entradas a recitales, los cientos de libros…

Uff, déjenme sola con Benjamin
http://listen.grooveshark.com/#/search/songs/?query=benjamin biolay

jueves, 28 de octubre de 2010

Breves

El cuerpo. Pensar en el cuerpo: con qué alimentarlo, mantenerlo, vestirlo, curarlo, agotarlo, darle placer.
El cuerpo tirano. La mente, esclava.

jueves, 21 de octubre de 2010

Rarezas cotidianas

· Combino involuntariamente las medias con la ropa que llevo puesta (remarco lo involuntario de este proceso, es decir: agarro el primer par de medias que encuentro limpio y siempre resulta que combina con lo que tengo puesto)
· Cada vez que pierdo un colectivo o medio de transporte, empiezo a repasar mentalmente las cosas que podría no haber hecho y que me hubiesen ahorrado los minutos necesarios para llegar a tiempo.
· Me gusta comer los bordes del pan lactal y las galletitas rotas (de hecho, cuando compro un paquete de galletitas, lo trituro primero)
· Desde que vivo sola, usé el microondas dos veces. Y ambas para calentar agua (porque me molesta gastar los fósforos)
· Me molesta gastar los fósforos (culpo de esto a mi madre, quien prefiere dejar encendida la hornalla antes que prender otro fósforo)
· Cada que “voy de shopping” con la intención de comprarme algo de ropa, termino comprando libros.
· Le tengo miedo a las puertas giratorias.

lunes, 18 de octubre de 2010

Inconsciente

Soñé que ascendía una cuesta imposiblemente empinada. Iba en auto con algunas personas que no recuerdo. El auto ascendía lentamente y a veces se detenía en medio del ascenso casi vertical. Entonces pensaba que la caída era indefectible, sentía miedo pero, al mismo tiempo, tenía la certeza de que iba a estar bien, como siempre. Ahora que reflexiono, me doy cuenta de que arrastro en mi inconsciente una idea por demás descabellada: pienso que nada realmente malo puede pasarme porque nada realmente bueno me sucede tampoco. Me sorprende la estupidez de este pensamiento, mucho más evidente al verlo escrito. No quiero ser quejosa o mal agradecida: reconozco que tengo opciones y libertades que muchos no tienen. No estoy enferma, no tengo carencias materiales, no estoy totalmente sola en el mundo. Y sin embargo, hay algo que se me niega, algo que espero hace demasiado tiempo y sigue sin pasar por mí…
Y como creo que el universo es esencialmente justo, siento que estoy a salvo, bajo el amparo de los que no conocen la felicidad ni la desdicha.
Así es que sigo probando mi suerte, caminando sola por calles desiertas, paseando con desconocidos por países desconocidos, subiendo cuestas verticales imaginarias…

viernes, 17 de septiembre de 2010

¿Es lo mismo?

"...sólo quería preguntarles: en la próxima vida ¿quieren estar juntos o prefieren no volver a encontrarse?"
Agnes sabía que esa pregunta iba a llegar. Ese era el motivo por el cual quería estar con el invitado a solas. Sabía que en presencia de Paul no sería capaz de decir: "Ya no quiero estar con él". No puede decirlo delante de él y él no puede decirlo delante de ella, aunque es probable que también diera prioridad a intentar su próxima vida de otro modo y sin Agnes. Sólo que decir en voz alta en presencia del otro: "Ya no queremos estar juntos en la próxima vida, ya no queremos encontrarnos", es lo mismo que si dijeran "Entre nosotros no existe ni ha existido amor". Y eso precisamente no puede ser dicho en voz alta, porque toda su vida en común (veinte años ya de vida en común) está basada en la ilusión del amor, en una ilusión que ambos cuidadosamente alimentan y vigilan. Y por eso cada vez que se imagina esta escena y llega hasta la pregunta del invitado, sabe que capitulará y dirá contra su voluntad, contra su deseo: "Sí. Por supuesto. Quiero que en la próxima vida estemos juntos".
Pero hoy es la primera vez que se siente segura de que en presencia de Paul encontrará el valor de decir lo que quiere, lo que de verdad en lo más profundo de su alma quiere; está segura de que tendrá el valor, aún al precio de que todo lo que habia entre ellos se hunda.
"Preferimos no volver a encontrarnos". Estas palabras son como un portazo a la ilusión del amor.
La inmortalidad - Milan Kundera

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Abandónica

Se supone que uno no debería abandonar a sus amigos, o al menos eso pensaría cualquier persona socialmente adaptada y de buenas costumbres, entre las cuales me incluyo. M y yo fuimos amigas de acuerdo a esas mismas convenciones. Compartimos muchas experiencias, convicciones, desalientos, rencores. En todo el tiempo que duró nuestra amistad yo sentía esa presión sobre mi cabeza del no abandonarás a un amigo: ese había sido mi compromiso conmigo misma y con ella, sin importar lo que dijeran las circunstancias. Sabía que no sería fácil, por la propensión de M a entrar en ciertos períodos oscuros en los que se olvidaba de mi existencia y de los que emergía dolida y heroica (su vida siempre parecía mucho más difícil que la de cualquier hijo de vecino). Pero yo cargaba el estandarte autoimpuesto de que no la abandonaría, porque así debían de comportarse los amigos.
Sin embargo, no cumplí. Si bien le había asegurado que, aún después de las desavenencias, las desapariciones, los reclamos y demases, yo iba a estar esperando al final del túnel, no lo hice. Como un río que se queda seco de repente, un día me propuso reencontraros después de algún tiempo de distancia y no encontré respuesta para darle. Nuestra amistad había quedado vacía de sentido como una casa abandonada. Así nomás y sin mediar explicaciones, se interrumpió nuestra comunicación y no volví a saber más de M ni ella de mi. Al principio, transcurrían los días y me parecía que sólo estaba buscando las palabras para contestarle, quizás para asentir, quizás para dar lugar algún berrinche. Pero nada tenía sentido, todo era tedio.
A veces pienso cómo sería volver a encontrarnos casualmente en algunos años, meses o semanas. Quizás el rencor desaparezca, para dar lugar a la indiferencia o la curiosidad. Creo que ya no siento culpa por haberla abandonado: honestamente y más allá de mis mejores intentos, no pude encontrar ningún eco para su llamada.
Así que pensé en rendirle este pequeño homenaje. A una amistad abandonada, un juicio sin condena, o una condena sin castigo.