miércoles, 16 de agosto de 2017

Guam


Había llegado el momento. Pasó mucho tiempo ese día tamizando sus pensamientos para llegar a lo irreductible, pero sólo encontró un ruido blanco, un telón de fondo que no dejaba entrever nada. Afuera, las cosas parecían seguir con normalidad, excepto que no se veía a nadie en la calle. Suponía que la gente ya se había ido y los pocos que hubieran quedado estarían también pasando por algún ejercicio similar de meditación, tratando de sacar algún significado a la suma de sus días que concluirían en éste. Le sorprendía que en estos últimos momentos no hubiera tumultos, gente en las calles culpando al gobierno o a dios, gritando, inmolándose o queriendo matar a otros. Cualquier posibilidad parecía más lógica que esta calma imprevista, esta salvaje resignación. Quizás, después de todo, sí había una conciencia en cada una de estas personas, incluso en las más abyectas. O quizás sólo buscaran apartarse y morir en soledad, como los gatos. Como si la muerte fuera algo vergonzoso.

Tenía que hacer esa llamada antes de que se interrumpiera el servicio telefónico. Las cosas estarían aún funcionando por azar, suponía. Qué cosa extraña el funcionamiento del mundo. Hoy hasta había recibido el diario. Instintivamente fue a buscar el horóscopo, como todos los días antes de éste. No había horóscopo. Qué coherente, pensó.
Antes de marcar, se puso a pensar una vez más por qué estaba ahí, por qué había decidido quedarse sola en vez de reunirse con ellos. Trató por última vez de entender algo, pero en su mente sólo había recuerdos entrelazados, sentimentalismo barato y ninguna claridad. Es inútil, se dijo, y llamó a sus padres. La conversación fue breve y tensa. Ellos no entendían tampoco,  sentían lástima. Lástima por ella, lástima por ellos y por cada uno de los otros. No había nada qué decir, el silencio sólo era interrumpido por llantos sofocados.

Pensó luego en llamar a Alvaro, pero ya no quedaban razones para hacer nada. Faltaba poco. Era el final y había sido un privilegio conocer su hora con certeza. Se puso a meditar otra vez, rodeada de un silencio aberrante. Acostumbró sus oídos al silencio, así como sus ojos a la oscuridad de su interior. En el fondo escuchó algunos lamentos muy tenues. Mejor así, esto es más humano, pensó. Era el final y estábamos separados y llenos de recuerdos.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Basta, Sofía

Solía hablar de su oveja Nena, mascota devenida en cena familiar. La Nena respondía a su nombre como si fuera un perro, se acercaba a la puerta para que la acariciaran ella y sus hermanos. Cuando el padre decidió que había llegado la hora de la Nena, ninguno de sus hermanos, ni tampoco ella, quisieron comer. Se sentaron ante sus platos humeantes, sin decir nada, sin entender cómo lo que antes pedía cariño y lo aceptaba humildemente como un niño, se había convertido en ese amasijo caliente, perfumando de bienestar la casa.
Hoy en su casa no hay animales, sólo plantas, a las que dedica toda su atención. Su hora del día es el despuntar de la mañana, cuando todos duermen. Ella cuida de sus plantas, regándolas, moviendo la tierra, calculando su crecimiento. Un poco más de sol para esta, algo de sombra para aquella, abono para esta otra. Pasado el mediodía, el trabajo está terminado, el día merece acabar. A la hora de la siesta se desmorona de cansancio, su cuerpo dolorido, con sus huesos que delatan el paso de los años. Después, la tarde se hace larga. Nerviosa, muerde sus uñas, aunque ya casi no le quedan. Muerde entonces la piel que las rodea, sintiéndose avergonzada. De sus manos también, manchadas por la lavandina que usó irresponsablemente toda su vida. Irresponsablemente no, más bien sin cuidado de sí misma, sin pensarse nunca, sólo en el bienestar de su familia. Ese enjambre de adultos extraños, sobre todo la hija. El hijo había salido bastante bien, le había dado tres nietos. Ahora sufría porque la olvidaban y la hacían sentirse frágil. ¿La recordarían después? ¿Entenderían? Al menos eran su legado, y se convertirían en algo que ella no llegaría a conocer, mejor así.
La hija era otra historia, siempre ajena, separada. Nunca pudo entenderla. ¿Cómo pudo haber salido de ella, se preguntaba? O de él, de quién, de dónde. Con ese estilo de vida inexplicable jamás tendría hijos. ¿Realmente quería ser tan distinta a ella, a su madre?
Ese día se murió una de sus orquídeas. Esas plantas extrañas, que no toleran demasiado de nada. La había cuidado con tanto esmero, imaginaba que se entendían, que tenían algún acuerdo tácito. Ese entendimiento que nunca tendría con su hija. Cuando advirtió que la orquídea no florecería, no pudo evitar sollozar calladamente, sintiéndose estúpida inmediatamente después.
Ese mismo día su hija le contó aquello. El misterio que la envolvía se disipó y entonces entendió que en el fondo, no quería saber. La hija hablaba, el padre preguntaba, asentía, mientras ella imaginaba esa escena de su infancia que agradecía no haber visto. Nelly esperando a su verdugo. Sus ojos confiados, añorando alguna caricia y luego, el cuchillo traicionero, su sangre carmín empapando el pasto recién cortado.
Lo que ella escuchaba ahora era peor que ese recuerdo que nunca tuvo. Estupefacta, solo atinó a decir: basta, Sofía, basta.

domingo, 25 de mayo de 2014

Madre

Mi mamá llora silenciosamente,  o asi me parece porque la escucho sorber sus lágrimas desde otra habitación. Viene a buscarme y me dice te quiero. La ignoro con cara de piedra, porque estoy enojada, extraña, usando como excusa una situación actual, pero enojada por cosas lejanas, de otros tiempos.
Creo que nunca me voy a poder morir por el amor que siento por ella, y eso me enoja, me ata al futuro, a seguir en el mundo, insatisfecha.

martes, 20 de mayo de 2014

No está tan mal

En la vida sólo quise una cosa, una única cosa que siempre me fue negada. Mientras tanto, el resto de las cosas que se me ofrecen no hacen mella en mí. Pero a la vez también, accidentalmente, a veces hago cosas que significan algo para otros. Soy un héroe imprevisto. No está tan mal.
Sufro mucho, pero a veces me alegro de ser esto y no lo otro, de estar un poco apartada de las cosas, de que mi vida haya seguido caminos sutilmente inesperados, de no tener miedo.
Miento: de algo sí tengo miedo y es de no poder volver a escribir. Tengo tantos papeles empezados por ahí y nada ve su resolución, todo se pierde en el decir nada. Seguramente esto también se perdería si no fuera que necesito expulsarlo, dar este manotazo de ahogado, decir, ya escribí algo, ves?
Bueno, no está tan mal.

viernes, 22 de febrero de 2013

Habla la muerta


(Fragmento de Mientras agonizo, de William Faulkner)


ADDIE

Por la tarde, cuando terminaba la escuela y se habían ido todos con sus naricillas sucias y mocosas, en lugar de irme a casa bajaba por la colina hasta el manantial, donde podía sosegarme y odiarles tranquilamente. Entones era un lugar tranquilo, con aquel agua borboteando y alejándose y el sol deslizándose segada y apaciblemente entre los árboles y el calmoso olor de las hojas húmedas que se pudrían y de la tierra nueva; en especial a comienzos de la primavera, que es cuando todo era peor.
Recordaba que mi padre solía decir que la razón para vivir era prepararse para estar muerto durante mucho tiempo. Y cuando tenía que verlos día tras día, cada cual con sus pensamientos egoístas y secretos, cada cual con su sangre distinta a la de los demás y a la mía, y pensaba que al parecer era mi único modo de prepararme para estar muerta, odiaba a mi padre por haberme engendrado. Solía estar deseando que cometieran alguna falta, para así poder zurrarles. Cuando la vara caía, podía sentirla en mi propia carne; cuando les levantaba cardenales y verdugones era mi sangre la que corría, y a cada golpe de vara pensaba: ¡Ahora vais a saber quién soy! Ahora soy alguien en vuestras vidas secretas y egoístas, soy quien ha marcado para siempre vuestra sangre con la mía.
Y así acepté a Anse. Lo vi pasar por la escuela dos o tres veces antes de enterarme de que se desviaba unos seis kilómetros para pasar por delante de la escuela. Me di cuenta ya entonces de que empezaba a tener joroba; era un hombre joven y alto, y parecía ya un gran pájaro encogido por el frío en el asiento de la carreta. Pasaba por delante de la escuela despacio, y la carreta chirriaba y él volvía la cabeza lentamente para mirar hacia la puerta del edificio, y luego se perdía de vista al dar la vuelta a la esquina. Un día salí a la puerta y me quedé allí mientras pasaba. Cuando me vi miró rápidamente hacia otro lado, y no volvió a mirar hacia la puerta.
Lo peor era a principios de la primavera. A veces pensaba que no podría soportarlo; tendida en la cama por las noches, con los gansos salvajes yendo hacia el norte, y sus graznidos llegándome con fiereza desde muy alto y muy lejos en aquella agreste oscuridad, y durante el día era como si no pudiera esperar a que se marchara el último de aquellos niños para poder bajar al manantial. Así que cuando levanté la vista y vi a Anse allí delante, con su traje de domingo, dándole vueltas y vueltas al sombre entre las manos, dije:
-          Si hay alguna mujer en su familia, ¿por qué diantres no le obliga a cortarse el pelo?
-          No la hay –dijo él. Y añadió instantáneamente, lanzando sus ojos hacia mí como un par de sabuesos en corral ajeno-. Por eso he venido a verla.
-          Le haría andar con los hombros derechos –dije-. ¿Así que no hay ninguna? Pero usted tiene una casa. Me han dicho que tiene casa y una buena granja. Y que vive en ella solo, arreglándoselas como puede, ¿es cierto? –Él se limitó a mirarme, dándole vueltas al sombrero-. Una casa nueva –dije-. ¿Es que piensa casarse?
Y él volvió a decir, con los ojos fijos en mí:
-          Por eso he venido a verla.
Más adelante, dijo:
-          No tengo familia. Así que no hay nadie que pueda poner peros. Creo que usted no puede decir lo mismo.
-          No. Tengo familiares. En Jefferson.
Su cara se ensombreció un poco.
-          Bueno, tengo una pequeña propiedad. Tengo posible; y fama de ser bueno y honrado. Sé cómo es la gente de la ciudad, pero puede que cuando sus parientes hablen conmigo…
-          Quizá le escuchen –dije yo-. Pero será difícil hablar con ellos. –Me estaba mirando la cara-. Están en el cementerio.
-          Pero sus familiares vivos…-dijo él-. Serán diferentes.
-          ¿Sí? –dije yo-. No lo sé. Jamás he tenido otros parientes.
Así que acepté a Anse. Y cuando supe que estaba encinta de Cash, supe que la vida era terrible y que ésta era la respuesta a las preguntas al respecto. Fue entonces cuando aprendí que las palabras no sirven para nada; que las palabras no se ajustan nunca a lo que tratan de decir. Cuando nació supe que la maternidad había sido inventada por alguien que necesitaba una palabra para designarla, porque a las mujeres que tenían hijos les tenía sin cuidado si existía o no una palabra para referirse a ella. Supe que el miedo había sido inventado por alguien que jamás lo había sentido; el orgullo, por alguien que jamás lo había tenido. Supe que no había sido que tuvieran las narices sucias, sino que habíamos tenido que usarnos unos a otros mediante palabras que eran como arañas que se cuelgan por la boca de las vigas, y que se bambolean y se enroscan sin llegar nunca a tocarse, y que sólo a través de los golpes de vara podía mi sangre y su sangre fluir como una sola. Supe que no había sido que mi soledad hubiera de ser violentada una y otra vez cada día, sino que jamás había sido violentada hasta que tuve a Cash. Ni siquiera por Anse por las noches.
Él tenía una palabra. Amor, lo llamaba él. Pero yo llevaba mucho tiempo habituada a las palabras. Supe que aquella era como las demás: una mera forma para llenar una carencia; supe que cuando llegara el momento no iba a necesitar una palabra para designarlo, lo mismo que no la necesitaba para el miedo o el orgullo. Cash no necesitaba decírmela, ni yo decírsela a él, y solía decir: que la use Anse si quiere. Así que era Anse o amor; o amor o Anse: lo mismo daba.
Solía pensarlo hasta cuando yacía con él en la oscuridad con Cash dormido en la cuna al alcance de mi mano. Solía pensar también que si despertaba en mitad de la noche y lloraba, le daría el pecho. Anse o amor: tanto daba. Mi soledad había sido violentada: tiempo, Anse, amor, lo que uno quiera, fuera del círculo.
Entonces supe que iba a tener a Darl. Al principio no podía creerlo. Luego creí que iba a matar a Anse. Era como si me hubiera engañado, como si se hubiera escondido en una palabra como detrás de un bombo de papel y me hubiera dado un golpe en la espalda a través de él. Pero luego caí en la cuenta de que había sido engañada por palabras mucho más viejas que Anse o amor, y de que la misma palabra le había engañado a Anse también, y de que mi venganza habría de consistir en que él jamás se daría cuenta de que me estaba vengando. Y cuando nació Darl le pedí a Anse que me prometiera que me llevaría a Jefferson cuando muriera, porque supe que padre tenía razón, aun cuando él no pudiera saber que la tenía ni yo saber que estaba equivocada.
-          Tonterías –dijo Anse-. Tú y yo aún estamos enteros, con sólo dos críos.
Él no sabía que ya estaba muerto. A veces estaba tendida junto a él en la oscuridad, oyendo aquella tierra que ahora era de mi carne y de mi sangre, y pensaba: Anse. Por qué Anse. Por qué eres Anse. Y pensaba en su nombre hasta que al cabo de un rato veía la palabra como una forma, una vasija, y veía cómo él se licuaba y se iba vertiendo en ella como melaza fría que cayera en un tarro en la oscuridad, hasta que el tarro rebosaba y quedaba quieto: una forma llena de significado y profundamente exánime, como el marco vacío de una puerta; y entonces me daba cuenta de que había olvidado el nombre del tarro. Y pensaba: La forma de mi cuerpo, ahí donde había sido virgen, era la de una           y no podía pensar Anse, ni podía recordar Anse. No es que pudiera pensar en mí misma como si siguiera siendo virgen, porque ahora yo era tres. Y cuando pensaba Cash y Darl de esa misma forma, hasta que los nombres perdían la vida y se solidificaban en una forma y luego se desvanecían, me decía: Muy bien. No importa. No importa cómo les llamen.
Así que cuando Dora Tull me decía que no era una verdadera madre, yo pensaba en cómo las palabras describen una línea recta y delgada, rápida e inofensiva, y en cuán terriblemente se comporta la tierra al aferrarse a ella, de modo que al cabo de un tiempo no son sino dos líneas tan apartadas que una persona no puede pasar de la una a la otra; y que el pecado y el amor y el miedo no son sino sonidos que las gentes que jamás han pecado ni amado ni tenido miedo utilizan para designar lo que jamás tuvieron ni podrán tener jamás hasta que olviden las palabras. Como Cora, que ni siquiera ha aprendido a cocinar.
Solía decirme todo lo que yo debía a mis hijos y a Anse y a Dios. Le di a Anse esos hijos. Y no los pedí. Ni siquiera le pedí a él lo que podía haberme dado: lo no-Anse. Era mi deber para con él, no pedirle eso, y ese deber lo cumplí. Yo sería yo; a él le permitiría ser la forma y el eco de su palabra. Era más de lo que él pedía, porque no podría haberlo pedido y ser Anse, utilizándose a sí mismo a través de una palabra.
Y entonces se murió. No sabía que estaba muerto. Yo yacía junto a él en la oscuridad, oyendo cómo la tierra oscura hablaba del amor de Dios y de Su Belleza y de Su pecado; oyendo esa oscura ausencia de voz en la que las palabras son los actos, y las palabras que no lo son, que son sólo los huecos de las carencia de la gente, me llegaban como aquellos graznidos de gansos desde la negrura salvaje en aquellas terribles noches de antaño, y se hurgaban a tientas en los actos como huérfanos a quienes se les señalase dos rostros en una multitud y se les dijese: Ése es tu padre, ésa es tu madre.
Creía que la había encontrado. Creía que la razón era el deber para con los vivos, para con la terrible sangre, la roja y amarga riada que fluía hirviente por la tierra. Pensaba en el pecado como pensaba en la ropa que ambos vestíamos ante el mundo, en la circunspección necesaria dado que él era él y yo era yo; el pecado era tanto más absoluto y terrible cuanto que él era el instrumento ordenado por Dios, creador del pecado, para santificar aquel pecado que Él había creado. Mientras le esperaba en el bosque, mientras le esperaba y antes de que él me hubiera visto, yo pensaba en él y lo veía vestido de pecado. Pensaba en él pensando en mí y viéndome también vestida de pecado, él mucho más hermoso puesto que la vestidura que cambiaba por la de pecado había sido santificada. Solía pensar en el pecado como si fueran prendas que nos quitábamos para hacer que la terrible sangre se amoldara por la fuerza al triste eco de la palabra muerta que flotaba en el aire. Entonces volvía a yacer con Anse –no le mentía: sólo me negaba a él, del mismo modo que le negaba el pecho a Cash o Darl cuando se les pasaba su tiempo- y oía cómo la oscura tierra articulaba su discurso sin voz.
No ocultaba nada. No trataba de engañar a nadie. Me habría disgustado hacerlo. Me limitaba a tomar las precauciones que él juzgaba necesarias para sí mismo, no para mi seguridad, pero del mismo modo que llevaba ropa encima ante los ojos del mundo. Y entones, cuando Cora me hablaba, solía pensar en cómo las altas palabras muertas siempre acaban por perder hasta el sentido de su sonido sin vida.
Entonces todo terminó. Terminó en el sentido de que él se fue y yo supe que, aunque lo volviera a ver, ya nunca lo volvería a ver llegar apresuradamente por el bosque vestido de pecado, como ataviado con un galante atuendo que ondeara hacia un lado por lo veloz de su llegada secreta.
Pero para mí no había terminado. Quiero decir terminado en el sentido de un comienzo y un final, porque para mí, en aquel tiempo, no había comienzo ni final en nada. Incluso seguía rechazando a Ase, y no como si se tratara de un rechazo ocasional sino como si nunca hubiera habido nada entre nosotros. Mis hijos eran sólo míos, de la sangre salvaje que fluía hirviente por la tierra, míos y de todo lo que alienta: de nadie y de todo. Entonces me enteré de que iba a tener a Jewel. Cuando un día desperté y me quise dar cuenta, hacía ya dos meses que él se había marchado.
Mi padre decía que la razón de la vida era preparase para estar muerto. Al fin entendía lo que había querido decir, aunque él seguro que no llegó a entenderlo nunca cabalmente, porque un hombre no tiene la menor idea de lo que es limpiar la casa después. Y yo he limpiado la mía. Con Jewel –estaba echada junto a la lámpara, con la cabeza levantada, mirando cómo lo taponaban y suturaban antes de que él empezara a respirar- la sangre salvaje dejó de bullir, y su sonido cesó. Y luego sólo quedó la leche, cálida y apacible, y yo tendida y en calma en el silencio moroso, preparándome para limpiar mi casa.
Le di a Dewey Dell para contrarrestar a Jewel. Y luego le di a Vardaman para reemplazar al hijo que le había robado. Y ahora tiene tres hijos que son suyos y no míos. Y yo ya puedo prepararme para morir.
Un día estaba hablando con Cora. Ella rezaba por mí porque creía que era ciega para el pecado, y quería que me arrodillara con ella para rezar, porque para la gente para la que el pecado es una mera cuestión de palabras la salvación también es sólo palabras.

domingo, 10 de febrero de 2013

Morir sin entender

Me paseo entre la procesión de almas. Sonrío, cierro los ojos y trato de sentir lo mismo que ellos, pero mi cuerpo no se estremece, mis piernas siguen erguidas en el suelo y mi cuello no cede a la pequeña muerte. (me equivoco, porque no busco la muerte, sino la resurrección) 
Alguien grita que es el momento de la Unción (ahora! ahora!) y mi mente y mi cuerpo intercambian expresiones confusas. Aún así, de alguna forma me siento cómoda en esta comunión de vaginas estoicas; puedo volver a mi casa, inmune, lavada y planchada, a ensuciarme con estas letras. 
Me pregunto si habrá algún lugar, alguna vez, donde pueda reconciliar todo esto. No se me ocurre nada mas triste que morir sin entender.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Para Fiona

Me engañaron terriblemente, viví en esta mentira por siglos y eras bastardas, desde los comienzos inmenoriales del universo tal vez. Pero no habrán lágrimas como las que expulsé al saber que no venías, que no te vería, que no podría llorar al unísono con tu voz desgarrada en el escenario. Lloro y sigo llorando por tu lejanía, porque te necesitaría absurdamente cerca en este momento, sabiendo además que estás haciendo lo correcto, lo humano, lo perdurable. Aún así, qué aterrador, Oh well