lunes, 30 de agosto de 2010

Instrucciones para decir "te quiero"

Concéntrese, pero no lo piense demasiado.
No especule, no haga cálculos probabilísticos ni consulte oráculos.
No se disculpe, que el amor no ofende a nadie.
No deje pasar el tiempo, no ponga excusas, no busque el momento perfecto.
No se declare el fracaso de antemano, ni se pierda en ensoñaciones prematuras.
Sea claro y consecuente, abra su boca y diga: te quiero.
Luego afronte las consecuencias, pero, por el momento, no se olvide de disfrutar la delicada sensación de haber reducido aunque sea un poco la distancia entre su mundo interior y el mundo real.

sábado, 28 de agosto de 2010

La novia errante

A mi novia le gusta desaparecer. No me malinterpreten: no estamos atravesando una crisis, ni nada parecido. Digo que a mi novia siempre le gustó perderse y esto encaja perfectamente con su personalidad, que ya conozco muy bien. La conocí por casualidad una tarde en que había salido a caminar por el parque. Recuerdo que me detuve a observar a una familia que daba de comer a las palomas. Pronto se vieron rodeados de pájaros; algunos hasta se posaban sobre sus hombros y cabezas. El aleteo de las palomas siempre me resultó un poco atemorizante, así que me quedé contemplando de lejos la escena, y entonces la vi. Había abandonado la lectura de un libro para mirar a la familia invadida por los pájaros. En su cara se dibujaba una mueca mezcla de asco y temor. Sonreí al verla porque pude imaginarme que estaba pensando lo mismo que yo. Instintivamente, fui y me senté a su lado. No suelo abordar a desconocidas, pero ese día estaba como poseído por la claridad del aire y los aromas de la tarde. Así fue como empezamos a hablar y desde ese día no dejamos de vernos. Excepto cuando ella desaparecía. Sin mediar conflicto o discusión alguna, pasaban los días y no sabía nada de ella. La llamaba por teléfono y no había respuesta; la buscaba en su casa y nadie atendía. Hablaba con sus amigos e incluso sus pocos familiares, pero nadie sabía nada. Y nadie se preocupaba tampoco: parecía que estos lapsus eran algo como su sello personal. Después de un tiempo, volvía como si nada hubiera pasado. Retomaba nuestra relación como si nos hubiésemos visto el día anterior; hasta incluso recordaba nuestra última conversación y hacía comentarios como quien se queda con algo en la punta de la lengua y llama luego por teléfono para decírtelo. Las primeras veces me extrañaba mucho su comportamiento y trataba de sonsacarle una explicación. Pronto me di cuenta de que no podía: era algo tan natural para ella que no había palabras que traigan luz sobre sus motivaciones. Simplemente levantaba sus hombros con expresión desconcertada y volvía a insistir con la conversación que habíamos dejado inconclusa. Debo decir que soy una persona muy paciente y es casi imposible hacerme enojar. Sabía que todo esto era muy extraño e inaceptable, pero cuando observaba la transparencia de su mirar y su expresión casi suplicante, no podía rehusarme. Así que continuamos con nuestra relación. Cada vez que pensaba en ella, se me venía a la mente el recuerdo de esa tarde en que nos conocimos y todo parecía suspendido en una extraña calma, cálida y ausente de palabras. Esta imagen estaba tan pegada a mi retina que, en las épocas de su ausencia, sólo me bastaba cerrar los ojos para sentirla cerca. Seguro que todo esto te resulta muy raro, pero muchas veces las relaciones humanas se basan en una delicada conjugación de elementos extraños, irrepetibles, que nos subyugan y atan a la persona amada. Así me sentía yo, para qué negarlo: orgulloso de mi novia errante y del absurdo entendimiento que nos unía.
Así que decidimos irnos de vacaciones a la playa. Ella estaba radiante, intoxicada por la brisa del mar y las puestas de sol. Nos divertíamos jugando como dos nenes, retozando bajo el sol y riéndonos de cualquier cosa. Su risa era tan infantil y melodiosa que me recordaba el cantar de los canarios que tenía en mi infancia. Nunca viví días tan hermosos.
Esta madrugada, me desperté sobresaltado, quizás algún mal sueño o una oscura premonición. Me di vuelta hacia su lado y vi que no estaba. La llamé, pero no contestó. Salí a buscarla por la playa, pero estaba demasiado oscuro y no se veía nada. Volví a entrar y me serví media copa de vino para tranquilizarme. No sé por qué, pero esta vez su ausencia es distinta. Cierro los ojos y no puedo ver su imagen sentada en el parque, mirando con desconfianza a las palomas.
De todos modos, la espero.

jueves, 26 de agosto de 2010

Gitana

- Saca un billete y arróllalo en tu mano frente a este huesito santo -le dijo la gitana –.

Empezó a hablarle justo cuando Ella se había sentado cómodamente en un banquito para mirar el mar y comer una breve merienda. Se había encaminado hasta ese lugar casi sin pensarlo, en un arrebato que le había propinado una buena dosis de optimismo. Estaba en ese lugar desconocido cumpliendo con unas obligaciones laborales, así que la posibilidad de disfrutar de un momento agradable robado a la rutina diaria le hacía sonreír por dentro. Buscó un lugar tranquilo, lejos de los transeúntes que iban y venía por la costanera, se sentó y consumió su café, sorbo a sorbo.
Y entonces apareció la gitana. Empezó pidiendo algo que fumar o comer, Ella le dio algo de su merienda porque nunca había sido capaz de negar lo inmediato y hasta le parecía un privilegio poder compartir algo suyo con un extraño (curioso pensamiento). Entonces la gitana le mostró un manojo de cartas gastadas y le pidió que saque una, en agradecimiento. Y Ella lo hizo, arrepintiéndose al instante.

- Esta carta me muestra que eres una persona buena, que tienes un buen trabajo, pero ese dinero que llevas, no es tuyo –dijo-. Hablaba demasiado rápido, Ella estaba confundida.
- Has sufrido muchas decepciones, te han engañado, tienes muchas deudas – continuó la gitana- La gente te envidia, eres linda, te han echado una maldición.

Soltaba todas estas cosas como una catarata, sin dejar de mirarla fijo a los ojos. Ella empezaba a ponerse nerviosa: nunca había considerado a la suerte como un factor que incida en su vida o en sus decisiones, así es que todo esto debería resultarle indiferente y, sin embargo, le producía cierto temor.

- Es que no creo en estas cosas –Ella trató de explicar-. Le agradezco, pero mejor me voy.
- Saca un billete y arróllalo en tu mano frente a este huesito santo – le dijo la gitana, sin escucharla-. Así te vas a sacar esa maldición, porque ese dinero no es tuyo y el dinero es una ilusión.
- No, ya está bien, yo…voy a estar bien…- balbuceaba, mientras se levantaba para irse.
- No me dejes con la suerte a medias, niña, o voy a tener que maldecirte. Toda esta gente te envidia – dijo, señalando a los desconocidos que pasaban por el lugar y ahora la miraban extrañados-. Vas a sufrir y todos se reirán.

Ella ya caminaba dándole la espalda, acelerando el paso por esas calles desconocidas. Se sintió inmediatamente mejor, después de haber salido de ese encuentro desafortunado. Las palabras de la gitana se le arremolinaban en la mente, mezclándose sin sentido. Empezó a deambular sin rumbo, las caras de las personas que veía le resultaban algo siniestras. “Toda esta gente te envidia”, había dicho la gitana.
Después de un rato de andar sumida en sus pensamientos, se dio cuenta de que no sabía dónde estaba. Quiso preguntarle a alguien que pasaba caminando con cierto apuro, pero las palabras salieron atropellándose unas a otras y así también vino la respuesta del desconocido. Esa incomunicación le dejó un sabor amargo en la boca.

- ¿Será que ahora las cosas van a empezar a salir realmente mal? – se preguntó.

Nunca había creído en la suerte ni en la magia, Ella consideraba su vida como una simple consecuencia de sus actos y cobardías. Ahora que lo pensaba, nada malo le había sucedido nunca, pero tampoco nada realmente bueno. Acumulaba muchas esperas y deseos frustrados o incluso nunca expresados, pero la tragedia nunca había llamado a su puerta. Ni tampoco la felicidad.

- Una gitana no puede maldecir a alguien como yo – pensó, casi sin convicción-.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Por culpa del día

¿Es posible que exista una distancia considerable entre lo que decido y pienso por la noche y lo que considero a la luz del día? Siempre me parece que el día pone un velo a mis pensamientos, mientras la noche me vuelve más lúcida y determinada. Y más aún, el día hace que muchas de las cosas que pensé durante la noche me resulten absurdas e impracticables.
Creo firmemente que si viviera sólo de noche estaría mucho más entera y amiga de mis contradicciones. Pero no, el día es demasiado claro, demasiado implacable...
Lo peor de todo es que amo tanto el sol! cierro los ojos y disfrutos esos colores anarajados que nacen en un rincón de mi retina y se extienden proyectándose en el interior de mis párpados...
Así nunca voy a conseguir reconciliarme conmigo misma, por culpa del día.

martes, 24 de agosto de 2010

Conversaciones que nunca tendré - volumen I

Hola! llamaba para dedicar este tema a (inserte aquí el nombre de quien se de por aludido), gracias! la radio está buenísima...



But you've got me down hearted, 'cause I can't get started...

miércoles, 3 de marzo de 2010

()

Últimamente no tengo nada en la cabeza. Simplemente existo. No sé a qué se debe este renunciamiento, este abandono de la pelea, pero lo cierto es que me observo aferrada a las pequeñas nimiedades de la vida cotidiana sin prestar atención a lo relevante, a lo irresoluble. Siento asco de mi misma, preocupada por el qué comer, dónde ir, qué leer. Ayer me desperté a este pensamiento y quedé sorprendida: ¿adónde se fueron mis pensamientos graves sobre el futuro, el propósito, la trascendencia? No queda sino este empecinamiento en subsistir. La levedad del ser. Un inocente bienestar.

move along, there's nothing left to see, just a body pouring down the street...

domingo, 8 de noviembre de 2009

Fluir de la conciencia


"...el domingo representa el aburrimiento
y los seis días de la semana, la miseria"
(Arthur Schopenhauer)
Cómo odio las tardes de domingo. Hasta el mediodía estoy bien, sobre todo si el día está soleado. Paseo por el barrio y lo veo reluciente, arbolado, como el escondite perfecto para quien no tiene ganas de hacer una gran vida. Me alegro de estar en casa, con mis padres. La comida, la pequeña conversación, la siesta. Y después de eso, viene el tedio. Profundo, como un desgarro interior. No tengo ganas de hacer nada, pero tampoco quiero estar haciendo nada. Me siento como drogada de fracaso y tedio. Así que pienso.
Pienso en el mail de G, qué se puede esperar de alguien que se presenta a sí mismo diciendo, "Hola, me llamo G y soy romántico"? Terror. Le contesto con sinceridad, diciendo que no soy muy emotiva y que pienso demasiado. Hace caso omiso de mis comentarios y empieza a relatar que hizo tal o cual negocio, vendió esto o aquello, que tiene un capital para invertir en algo y que juega al ajedrez los viernes. Ya no tengo ganas de escribirle. Tengo ganas de burlarme de él. Quizás lo haga. Un poco de ironía no le hace mal a nadie.
También está E, que quiere (volver a) ser mi amigo en fb. Le pregunto para qué quiere (volver a) ser mi amigo en fb. Responde cualquier cosa. Tengo paciencia con él, le pregunto qué hizo de su vida en este tiempo. Responde otra cosa y agrega unos cuantos jajas. Qué hice yo para merecer esto?, diría Carmen Maura.
Cómo quiero a Carmen Maura. Pedro Almodovar no sería nadie sin ella. Pienso en Carmen preparando el gazpacho con somníferos para Iván. O en su cara de ama de casa resignada y lúcida, como si lo entendiera todo de la vida.
¿Cómo saber si uno está viviendo realmente o sólo está matando el tiempo?